Prólogo
"En los lugares donde reina el silencio, las balas olvidadas aún cuentan historias."
Hay momentos en los que los secretos no descansan bajo la tierra.
Hay voces que atraviesan los bosques, ecos de crímenes que nadie vio, pero que aún susurran entre la niebla.
Aquí comienza la historia de Roni Clos, donde cada sombra esconde una verdad a medio disparar.
Capítulo 1: Voces en el Bosque
"La vida es una serie de catástrofes que terminan mal."
— José Ortega y Gasset
El camino de tierra serpenteaba a través de un bosque sumido en un sueño eterno. La madrugada pintaba el cielo de gris, y una fuerte neblina se aferraba al suelo como un velo inquietante. En el asiento del copiloto, Roni Clos observaba el paisaje con una mezcla de concentración y cansancio, mientras Julio Steves conducía en silencio, sus manos firmes al volante.
—¿Qué tenemos? —preguntó Roni, rompiendo el incómodo mutismo.
—Mujer, unos 25 años, castaña, vestida como si fuera a una cena de gala. La encontraron en una explanada boscosa a unos veinte minutos de aquí. Un senderista dio aviso a la policía. Sin signos evidentes de lucha, aunque tiene algo de sangre en la nuca.
Roni asintió. Había algo perturbador en la escena que Julio describía: una mujer joven, bien vestida, en un lugar tan remoto... y con ese inquietante detalle de la sangre.
—¿Sabes qué es raro? —añadió Julio tras un momento—. Siempre es en el bosque. Nunca una escena normal, como un parque o un callejón. No. Siempre un maldito bosque en el culo del mundo.
Roni apenas lo escuchó. Había comenzado a sentirlo otra vez: ese murmullo en el borde de su conciencia, como un narrador susurrando en francés.
"La forêt est silencieuse... Mais elle a des secrets." [¹]
Las palabras resonaron en su mente como un eco persistente. Cerró los ojos y respiró profundamente, intentando mantener el control. Sabía lo que debía hacer. Con movimientos precisos, sacó un pequeño frasco de su abrigo, lo abrió y se tomó dos pastillas, sin necesidad de agua.
Julio lo miró de reojo, su expresión teñida de preocupación.
—¿Otra vez?
—No es nada —respondió Roni con voz firme, sin mirarlo—. Ya estoy bien.
Julio no insistió. Había aprendido a no preguntar demasiado sobre las voces que atormentaban a Roni. Era una de esas cosas que, aunque incomprensibles, no parecían interferir con su agudo instinto para resolver casos.
Al llegar a la escena, la patrulla policial ya había delimitado el área. Una cinta amarilla cruzaba el sendero, y los reflectores iluminaban la explanada. Allí, sobre la hierba húmeda, yacía el cuerpo de la mujer.
Roni y Julio se acercaron, mostrando sus identificaciones. Un oficial joven los recibió con un saludo apresurado.
—Buenos días, detectives.
Roni lo interrumpió, sin devolver el saludo.
—¿Puedes indicarme cómo está la escena?
El oficial comenzó a brindar detalles:
—Es extraño. No hay señales de lucha, pero tiene algo de sangre en la nuca. Y encontramos huellas de neumáticos en el suelo. El terreno estaba húmedo, así que quedaron marcadas.
El cuerpo de la mujer parecía casi irreal, como si hubiera sido colocado con cuidado. Su cabello rubio caía sobre sus hombros, y un vestido negro elegante abrazaba su figura. Había una pequeña mancha de sangre en la parte posterior de su cabeza, justo en la nuca, apenas visible entre su cabello.
—¿Alguna identificación? —preguntó Julio.
—Nada. Ni bolso, ni cartera, ni ningún objeto personal —respondió el oficial.
Roni se agachó junto al cuerpo, sus ojos recorriendo cada detalle. Había algo en la escena que no encajaba: la ropa impecable, el maquillaje intacto, el entorno aislado... y entonces lo sintió otra vez.
"Elle dort... mais elle ne rêve pas." [²]
La voz francesa regresó, más clara, más insistente. Roni cerró los ojos un momento, inhaló profundamente y abrió su cuaderno.
—¿Roni? —preguntó Julio, inclinándose hacia él—. ¿Todo bien?
Roni asintió, aunque por dentro el peso de las palabras resonaba con fuerza. Su mirada se desvió hacia las huellas de neumáticos en el suelo húmedo, que formaban un patrón irregular, como si el vehículo hubiera girado bruscamente antes de marcharse.
La mujer no parecía simplemente muerta. Parecía parte de un mensaje que aún debían descifrar.
Traducciones:
[¹] "El bosque está silencioso... pero guarda secretos."
[²] "Ella duerme... pero no sueña."
Capítulo 2: Susurros bajo la Piel
La escena estaba en calma, aunque la tensión era palpable. El murmullo de los oficiales y el crujir de las hojas bajo sus botas llenaban el aire mientras Roni Clos se inclinaba sobre el cuerpo de la mujer. La neblina aún se aferraba al suelo húmedo, y el penetrante aroma de la tierra mojada parecía invadirlo todo.
Con un cuidado casi reverencial, Roni levantó el cabello de la nuca de la mujer, sus dedos enfundados en guantes de látex. Observó la herida que el oficial había mencionado: un corte irregular y sangrante, pero no lo suficientemente profundo como para ser mortal.
—No fue esto lo que la mató —murmuró para sí mismo, más para organizar sus pensamientos que para informar a los demás.
Julio, de pie a un lado con los brazos cruzados, observaba en silencio mientras Roni continuaba su examen.
—Entonces, ¿qué tenemos? —preguntó Julio, arqueando una ceja.
Roni no respondió de inmediato. En cambio, giró el rostro de la mujer con delicadeza para examinarlo más de cerca. Al abrir ligeramente su boca, algo lo detuvo en seco: un líquido espeso y blanquecino parecía acumularse en la cavidad bucal.
Julio, al ver aquello, soltó una risa breve y sarcástica.
—¿De verdad? La pobre dio su última mamada antes de morir. Trágico, pero eficiente.
Roni levantó la mirada y le lanzó una mirada helada, cortando la broma de raíz.
—Julio, no estamos aquí para chistes. Esto podría ser clave.
Julio levantó las manos en señal de rendición.
—Está bien, está bien. No te sulfures, genio. Solo trato de aliviar un poco el ambiente.
Roni volvió al cuerpo. Su mente comenzaba a armar un cuadro: la herida en la nuca no era suficiente para causar la muerte, el semen sugería contacto íntimo con alguien cercano al momento de su muerte... pero había algo más. Algo no cuadraba.
Julio lo miró con una mezcla de escepticismo y curiosidad.
—Pudo ser el mismo tipo que la trajo aquí, quien le disparó.
Roni negó levemente con la cabeza, su mirada fija en las huellas.
—Un disparo a corta distancia en la nuca habría provocado un cierre reflejo inmediato de la mandíbula, bloqueando la cavidad bucal. Recuerda que no hay tensión en la boca. Además, la herida tendría daño severo en tejidos óseos y cerebrales. Esta lesión es superficial, no corresponde a un disparo directo a quemarropa.
Se incorporó, barriendo el terreno con la mirada, y agregó:
—El patrón de las huellas sugiere algo más: hubo aceleración. El terreno está húmedo, y las marcas muestran deslizamiento en el arranque. Eso indica que quien la trajo aquí huyó a toda prisa... probablemente después de que ella murió.
Roni caminó lentamente hacia el cuerpo y se agachó de nuevo. Señaló las rodillas del vestido negro.
—Mira las manchas. Estuvo de rodillas antes de morir, pero no cerca del vehículo. El barro seco en la tela lo demuestra. Además, las huellas del auto indican que estuvo estacionado a más de cincuenta metros de distancia de donde estamos.
Se quedó unos segundos en silencio, como si procesara todo en un tablero invisible dentro de su mente.
—Con lo que miro, no fue un ataque espontáneo. Puedo apostar que fue planeado. Sin embargo... —Roni entornó los ojos, escrutando la neblina entre los árboles— ... aún hay algo que no encaja.
Roni se mantenía de pie, el ceño fruncido, observando el horizonte entre los árboles. Algo en aquella escena, a pesar del análisis lógico, seguía arañando su instinto.
De pronto, algo llamó su atención. A unos metros, donde la luz de los reflectores apenas alcanzaba, el suelo parecía perturbado.
Caminó lentamente hacia el punto, apartando ramas húmedas con cuidado.
Allí, semi hundido en el barro, encontró un pequeño objeto metálico. Se agachó, sacó unas pinzas de su bolsillo y lo recogió con sumo cuidado: era un botón dorado, arrancado de alguna prenda elegante.
Se incorporó, examinándolo bajo la escasa luz. Tenía un grabado diminuto, casi imperceptible: dos letras entrelazadas, B y V.
Julio se acercó, curioso.
—¿Qué tienes ahí?
—Una pieza que podría pertenecer al testigo clave —murmuró Roni—. No es del vestido de ella, pero a alguien le pertenece esto. No fue casualidad. Quien la mató sabía perfectamente con quién estaba.
Julio frunció el ceño, procesando la información.
—¿Entonces el asesino los siguió?
Roni guardó el botón en una bolsa de evidencia y miró hacia la neblina.
—Esto no fue el trabajo de un sicario común. Esto fue algo profesional.
Se giró hacia el cuerpo, sus ojos más fríos que nunca.
—Ella era el objetivo. Desde el principio. Ahora toca saber por qué tanto cuidado para librarse de nuestra chica misteriosa.





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